La Buena Vida

Relatada en episodios inconexos o vagamente conectados, se va escamoteando el talante del protagonista, siempre con una cámara superficial, como quien no quiere atravesar la futilidad de las situaciones retratadas y descubrir tras el vacío al verdadero Marcello, que se deja ver pocas veces, en momentos de soledad o silencio. Nunca terminamos de entenderlo, pero Marcello se nos hace cercano relacionándose con sus mujeres (su histerica novia, su amante, la estrella veleidosa), con su padre o sus amigos (Steiner, Papparazzo), hasta el punto de sentir simpatía por un tipo a veces amoral, pero de carne y hueso.
No creo que pueda aportar nada nuevo al análisis de esta película hablando de su preciosa luz, sus textos inteligente y fluidos, su composición lateral o en profundidad, entre otras muchas virtudes. Todo eso lo han dicho ya antes y con más detenimiento de lo que yo pudiera expresarlo, otros. Solo me queda hablar desde la experiencia personal de quien también busca la creación como motivo y obra.
La Dolce Vita se convierte en un manifiesto de la lucha del artista o, seamos menos presuntuosos, el creador por hallar un espacio para su desarrollo, de la imposibilidad de un tiempo muerto para la reflexión en un mundo apurado y lleno de apariencias, de risas y juegos bacos. Fellini medita sobre estos aspectos, quizá por la propia experiencia. Después, nos deslumbrará con una historia sobre el proceso de parto creativo: 8½. Que será su victoria sobre ese mundo complicado y banal que ahora critica.

2 Comments:
Espléndida Anita. Ahhh, Marcelo, tan fácil de identificarse con ese personaje. Una de las que me llevaría a una isla. Claro, en el supuesto que en esa isla hubiera DVD y todo lo demás.
oe vi esta pela, para empezar felinni humm, su fotografia es una delicia, de ahi las historias muy bacanes, bastante sugeridas, paja.
quiero ver todo felinni
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